Sirena de Sargazo
Lo que hemos hecho de este mundo,
lo que hemos hecho en este mundo:
el mar nos regurgita cual Caribdis
en indómitas montañas de sargazo;
el horizonte, roto de putrefacción.
El aire Céfiro aguarda,
calma tempestad,
espera el día, la noche,
para barrer con nosotros
las causas del destino.
El fuego inagotable
del Sol Hiperiónida
calcina tu hermosa piel;
la vuelve de carbón
que se mezcla con el sargazo,
con colillas de cigarro
y tapas de frutsi.
La tierra no se agota:
la tierra —playa, bosque, montaña, selva—
se recicla a sí misma
contra el manto, efecto,
surgiendo entre remoto y destrucción.
La tierra no se inmuta;
la tierra, Uróburos,
se devora y se crea a sí misma:
ciclo eterno sin principio ni final.
La crisis es humana.
La crisis es psíquica.
Su solución polifacética yace
en lo profundo del mar
de nuestro propio corazón.
A lo lejos te contemplo,
sirena de sargazo.
Solo atino a saludarte
y no saber más de ti.
Sirena de sargazo:
el insólito encuentro de un joven
ante un extraño prodigio.
Una hermosa mujer se refresca
entre olas de sargazo,
engullida en un erótico ritual
maloliente y patafísico.
Que ni el oro, ni el glamur,
ni el chinchín de las copas;
que nada de esto capta mi atención
como tu extraño acontecer,
sirena de sargazo.
Ni el horizonte,
ni el fin del mundo,
ni otras musas ahora ausentes,
ni la charla con amigos,
ni el mar eterno
con sus catorce mil millones de intentos
de engullir el mundo,
ni sus incontables toneladas
de sargazo vomitado,
ni su pestilente aroma,
ni sus microplásticos infinitos en abundancia,
ni el inglés, ni el español,
ni el francés o el maya.
Nada puede haber en este fin del mundo
que llame más a mis sentidos
que tu surrealista contemplación:
nadando hermosa,
jugando cartas contigo misma,
tomando el sol en topless
como si apenas la creación
fuese a comenzar.
Te adelantaste a todo,
sirena de sargazo:
con tu Nada y tu saludo indiferente.
Te adelantaste a Trump y a Netanyahu,
te adelantaste a los bombardeos,
te adelantaste a la lluvia, al tiempo,
a todas las tempestades;
y, plácida,
gozas comiendo atún de lata
mientras esperas el comienzo
de un nuevo mundo.
Una saeta se precipita desde el cielo
y se hace una con el mar:
tus ojos, tu mirada,
toda tú,
suspendida en un instante eterno;
el segundo previo al estallido
de todas las bombas del universo.
Todo fue un sueño:
una chorba durmiendo,
soñando con el encuentro
de un joven y una bellísima mujer,
hecha toda de porquería
y desperdicio orgánico,
producto de un metabolismo acelerado
por el capital
y los rayos inclementes del rey sol.
Un sueño-pesadilla
durante el último vuelo de su vida.